MELGARES GUERRERO, José Antonio - El "libro de campanas" del Salvador de Caravaca

El "libro de campanas" del Salvador de Caravaca

Aportación a la bibliografía popular en la Región de Murcia

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Las campanas de la torre de cualquier pueblo siempre tuvieron un lenguaje convencional para los vecinos, quienes en todo momento estaban al día del acontecer local hasta que el ruido producido por el motor de explosión invadiera las calles de todas las localidades alcanzando cotas de escándalo callejero a que con frecuencia se llega en la actualidad.

El lenguaje de las campanas era, sin duda, harto elocuente desde la mañana a la noche de todos los días del año. El "Campanero", personaje siempre popular que a veces coincidía con el de Sacristán (1), venía a ser la "gacetilla local" que, a través de las voces de las campanas del campanario, hacía llegar a los cuatro puntos cardinales de un lugar el mensaje de alegría o tristeza, la petición de socorro (toque de arrebato), cuando el incendio devoraba un hogar; la demanda de oración cuando se procedía a administrar los Últimos sacramentos a un moribundo, se anunciaba la muerte de un miembro de la comunidad local (doblar), o se preveían los efectos de la devastadora tormenta que amenazaba con diezmar la cosecha o matar el ganado (toque de conjuro).

A través del peculiar y siempre distinto sonido de la campana se conocían en el pueblo noticias de alcance nacional o internacional, como la muerte de un obispo o del Papa; el nacimiento de un príncipe o la boda y la muerte del rey. Cada noticia tenía su tañer característico por el que en cada momento se informaba a los habitantes de Caravaca (en la actual comarca Noroeste de la región de Murcia), desde la torre de su Iglesia Mayor (dedicada al Salvador), durante el siglo XIX, segÚn normas concretas que se recogen en un curioso manuscrito desconocido hasta el momento, y por supuesto inédito, cuyo título es suficientemente elocuente y significativo: "LIBRO DE GUÍA PARA LOS TOQUES DE CAMPANAS EN LOS DÍAS DE FIESTA Y EN LOS DEMÁS DÍAS DE LA SEMANA. Y PARA TODOS LOS TOQUES DE COSTUMBRE Y FUNCIONES QUE HAY EN EL AÑO." El volumen, perfectamente encuadernado a mano, fue escrito por el campanero mayor de dicha iglesia, Blas Ferrer, en 1842.

La costumbre de anunciar al pueblo las noticias a través del campanario, y valiéndose de las campanas, la heredó la Iglesia, a partir del Renacimiento, de los concejos municipales. Durante la Edad Media, el "Campanille" (nombre con el que se conocía en Italia la torre de las campanas) era propiedad del Concejo, que cedió por hábito esta función a la torre de la iglesia parroquial. Comenzaron entonces a desaparecer estos edificios civiles (donde los hubo en nuestra España), que constituían un símbolo de poder temporal y un hito espectacular sobre la panorámica del pueblo. Pocos ejemplares se conocen en la actualidad de torres concejiles, en la región murciana, y los que quedan, como es el caso de la arrocera localidad de Calasparra (muy restaurado), se utilizaron después para disponer el reloj que regía el horario oficial del pueblo, hoy también heredado este oficio por las torres eclesiales, sin casi función, por los mismos ruidos a que antes nos referíamos y por la proliferación del reloj de bolsillo y después de pulsera como un ejemplo más de los que proporciona la sociedad de consumo.

El manuscrito de Blas Ferrer

Blas Ferrer fue campanero mayor de la Iglesia Parroquial del Salvador de Caravaca entre 1817 y 1850. Oficio anexo en este caso al de ayudante de organista en el accionamiento del fuelle del órgano rococó, que como tantos otros de nuestra región desapareció en 1936. El largo período de tiempo en que desempeñó este oficio (posiblemente heredado de su padre, noticia que no hemos podido constatar), le proporcionó la suficiente experiencia para legar a sus sucesores todo un código de sonidos teóricos que, sin duda, escribió de su puño y letra en el reducido habitáculo que por entonces el campanero disfrutaba, junto a sus instrumentos, en el Último cuerpo de la torre.

El manuscrito de 1842 está compuesto de manera cronológica y didáctica, ya que de un manual se trataba para el uso de posteriores campaneros.

Comienza con una breve normativa sobre los días que, segÚn el Código de Derecho Canónico, se puede o no "doblar", y con la prohibición decretada por el Vicario Eclesiástico de Caravaca (entonces dependiente de la Orden de Santiago), el reverendo Félix Salcedo, de "repicar" los días de mercado o feria (ya que aquéllos y ésta tenían lugar en la "Plaza Nueva", al pie de la torre), por el peligro que entrañaba para el pÚblico existente si se desprendiera el badajo de alguna campana "como en cierta ocasión sucedió sin producir, milagrosamente, daño alguno". También se prohibe taxativamente repicar las campanas "cuando la tormenta se sitÚe sobre la torre", por el peligro de atracción que la masa metálica de los instrumentos podría ejercer sobre las chispas eléctricas (2).

El manual sigue indicando las fiestas litÚrgicas en que debe repicarse, con cuáles campanas debe hacerse y la forma de llevarse a cabo. Comienza con la fiesta de San Fulgencio (San Flugencio, segÚn la versión popular), patrón de la Diócesis de Cartagena a que Caravaca pertenece. Sigue con la Candelaria, la fiesta eucarística de las "Cuarenta Horas", hoy desaparecida y entonces coincidente con los carnavales. El Miércoles de Ceniza y Cuaresma, San José, la Encarnación, viernes de Dolores, domingo de Ramos y la Semana Santa (en este capítulo queda bien claro cuándo deben enmudecer las campanas y sonar la "carraca", artilugio de madera que sustituía a las campanas durante el tiempo en que Cristo permanece muerto y en señal de luto, desde el jueves hasta el sábado santo (3)). Fiestas de la Santa Cruz (patrona de la ciudad), en mayo, julio y septiembre. Ascensión, Pentecostés, Santísima Trinidad, Corpus Christi y su octava, San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo, Santiago. Fiesta del Salvador (titular del templo), que coincide con la Transfiguración, el 6 de agosto. Asunción, Natividad de la Virgen, Dolores de Nuestra Señora. Fiesta de Todos los Santos, Ánimas, la Purísima, Navidad, Año Nuevo y Reyes.

El libro aporta datos sobre la celebración popular de determinadas festividades. Los honorarios que percibe el campanero por su trabajo, segÚn las fiestas fueran de primera o segunda clase, e incluso los contratos que se llevaban a cabo con los mayordomos de cofradías particulares para el repique extraordinario en los días del correspondiente patrón (San Antonio Abad, o San Antón, por ejemplo, era abogado de los alpargateros (4)).

También aporta documentación básica sobre fiestas hoy desaparecidas como la ya indicada de "las Cuarenta Horas", el "Domingo de Empedios" (o de impedidos), en que se llevaba en procesión el sacramento de la Eucaristía a impedidos y reclusos para el "cumplimiento pascual"; las "Letanías Mayores" en vísperas de San Marcos, en cuyos días el clero local recitaba las Letanías de los Santos en procesión matinal que recorría las calles de la ciudad para impetrar la misericordia divina en unas fechas en que las cosechas granaban (no hay que olvidar que la base económica tradicional del noroeste murciano ha sido, y sigue siéndolo, la agricultura y la ganadería), procesión que culminaba el primer día (23 de abril) en la barroca iglesia de San José (de monjas carmelitas descalzas), el segundo en la renacentista de la Concepción, y el tercero y Último en el santuario de la Santísima y Vera Cruz, intramuros del castillo (5). La "Octava del Corpus", semana prieta en celebraciones litÚrgicas de carácter eucarístico que, comenzando el "Día del Señor", concluía el jueves siguiente con procesión que seguía itinerario idéntico al de la Candelaria. Finalmente se hace mención a la "Fiesta de la Bula": "… en este día se repicará clásico, cuando entre la Bula, y se repicará a las ánimas y para la procesión, cuando va y viene a las monjas…"

Los repiques de campanas contribuyeron de manera considerable a la fábrica del templo. Cuando se trataba de festividades de cofradías, o entierros de gentes adineradas que querían que su fiesta u óbito fuese acompañado del sonido campanil, existían tarifas especiales con su correspondiente "impuesto de fábrica", impuesto que ascendía, en la fecha que se compuso el libro que nos ocupa, a seis reales si se trataba de la "Campana Mayor" ("María Dolores". Fundida en 1780). Dos reales si tocaba "Nuestra Señora de las Angustias". Un real y medio si tañía "María de los Remedios" (conocida popularmente como la de "San Pedro"). Y un real si la "Pequeña" (o "del Pocico"), bautizada en la fecha de su fundición, 1728, con el nombre de JesÚs, María y José). Las cantidades percibidas, de las que se hacía cargo el mayordomo fabriquero, se destinaban al mantenimiento y reparaciones del edificio.

La "Alborada" ("Alvolada" segÚn el autor), era, y sigue siendo, un repique general de campanas en la madrugada de una festividad solemne. Hoy sólo pueden escucharse, en el silencio de la noche caravaqueña, las de la Santa Cruz y el Corpus Christi. En la época que se escribió el libro se lanzaban al viento todas las campanas, en la temprana hora de las cuatro de la mañana, en las fiestas de la Cruz, Corpus Christi, el Salvador y la Purísima.

El "Toque de Ánimas" o de "Oración" venía a suponer el comienzo y el final de la jornada laboral. Una especie de despertador matinal y de toque de queda vespertino cuando no había luz eléctrica ni relojes en las torres. El "Toque de Ánimas" variaba, segÚn Blas Ferrer, de acuerdo con la estación climática. Así, desde enero a abril tenía lugar a las ocho y media de la tarde. Desde el 1 de mayo al 14 de septiembre, a las nueve; y desde esta fecha hasta el final del año a las ocho.

El campanero no tenía sueldo como tal, sino en concepto de obrero, bracero, de la Iglesia Mayor. Como hemos dicho, también atendía al organista en el movimiento del fuelle de viento, y a las diferentes cofradías cuando había que bajar o subir imágenes del retablo, con motivo de sus correspondientes festividades. Sus ingresos económicos se nutrían, principalmente, de las comisiones en el estipendio que el templo percibía en cada caso concreto. El libro aporta puntualmente la cantidad que correspondía al campanero en casos tan frecuentes como el "toque de Agonía" ("… para que Dios despenase al moribundo") o de doblar tras la muerte de un enfermo. En este Último caso dependía de los medios económicos de la familia del difunto, y por tanto de la categoría del entierro, del óbito de clérigo o seglar, si niño, mozo o adulto, etc. Por un entierro de "primera" el campanero percibía tres pesetas. Por uno de "segunda" dos pesetas. Uno de "tercera" proporcionaba una peseta con cincuenta céntimos. El de "cuarta" una peseta, y el de "quinta", cincuenta céntimos.

El libro se ilustra con veintidós recortes de grabados anónimos de la época, que aluden a representaciones de las distintas advocaciones marianas o de los santos a cuya festividad se refiere: San José, Santa Marina, San Pelegrín, San Juan Evangelista, San Pablo, San Juan Bautista, Santa Matilde y San Vicente Ferrer. Se trata de ingenuas y populares estampas, en blanco y negro, que compiten con candor y originalidad con la no menos dosis de ingenuidad que embarga el estilo literario popular del volumen.

Lástima que el libro, que consta de 132 páginas, se encuentre en manos particulares y no en el lugar idóneo para su consulta y disfrute científico, garantizadas, por supuesto, las medidas de seguridad que deben proteger un texto Único y de importancia capital para la etnología caravaqueña y por ende murciana y española.

NOTAS

  1. MELGARES GUERRERO, José Antonio. La profesión de sacristán en Caravaca durante el siglo XVI. Caravaca 1983
  2. El doctor Félix Salcedo y Álvarez de Toledo fue vicario de Caravaca entre 1823 y 1851.
  3. MELGARES GUERRERO, José Antonio La Carraca de Caravaca. Caravaca 1971.
  4. El contrato debía ser previamente autorizado por el vicario titular.
  5. Edificio barroco del primer tercio del siglo XVII con monumental fachada del siglo XVIII.
José Antonio MELGARES GUERRERO
"Homenaje a Justo García Morales - Miscelánea de estudios con motivo de su jubilación" - Asociación Española de Archiveros, Bibliotecarios, Museólogos y Documentalistas - Madrid 1987 - f. 801/807
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